
De un movimiento bruto se deshace de su brazo y este abre los ojos sobresaltado.
- Buenos días, preciosa.
- Ahórrate las cursiladas - Se levanta de la cama y empieza a vestirse con la mirada del sujeto clavada en cada una de las cuervas de su cuerpo - Dame lo que es mío, canalla.
- ¿Tuyo? - Se acomoda poniendo su mano en la nuca - Yo no tengo nada que sea tuyo.
- Mi corazón, dame ese maldito órgano latente.
- se ríe - Vamos, ¿en serio crees en esas tonterías? Tu corazón lo sigues teniendo ahí - dijo, señalando mi pecho - podrido, casi sin vida, pero debajo de tu hermosa piel.
- Me lo arrancaste en cuanto me viste - se enciende un cigarro y lo mira - Así que damelo - simula una sonrisa.
- No lo tengo, y aunque lo tuviera jamás te lo devolvería - la mira sonriente, triunfante.
Ella lo mira entrecerrando los ojos. Tira el cigarro al suelo y lo apaga con sus zapatos de tacón. Agarra el cristal que estaba en la mesa a su izquierda, lo rompe contra la misma.
- Que me des mi negro corazón, cabrón -él ya no sonreía.